No vemos ni oímos lo mismo Yoga en Gracia - Barcelona
En una charla con Óscar Pujol sobre los Yoga Sutras hubo una cosa que me llamó especialmente la atención. Hablando del funcionamiento de nuestros sentidos, explicó algo que yo entendí así: nuestros órganos de percepción no son simplemente receptores pasivos que esperan a que la información llegue, sino que participan activamente en la captación de aquello que ocurre a nuestro alrededor. Me sorprendió. A mí siempre me habían explicado el proceso de una manera bastante diferente: la información está ahí, los sentidos la reciben y después la procesamos. Este pequeño cambio de perspectiva me generó mucha curiosidad. Porque todos hemos vivido alguna vez una situación aparentemente absurda: estás buscando algo que tienes delante y no lo ves. Tus ojos están mirando hacia allí, pero no encuentras lo que buscas. Hasta que, de repente: —¡Aquí está! ¿Dónde estaba? En el mismo sitio. Lo que había cambiado no era necesariamente el objeto, sino la manera en que estabas buscando y reconociendo aquello que tenías delante. Y esto me llevó a pensar en algo que la neurociencia lleva tiempo estudiando: la percepción no parece ser simplemente una recepción pasiva de información. El cerebro combina la información sensorial que recibe con conocimientos previos, expectativas y contexto para construir una interpretación de lo que está ocurriendo. Dicho de una manera muy sencilla: no percibimos solamente lo que tenemos delante. También interviene lo que ya sabemos, lo que esperamos encontrar y aquello a lo que estamos prestando atención. ¿Y qué tiene que ver esto con el yoga? En las formaciones de yoga hablamos de maya. Es un concepto que muchas veces se traduce como “ilusión”: ese velo que hace que cada persona perciba la realidad de una manera diferente, o incluso que confundamos aquello que aparece ante nosotros con la realidad última. No pretendo decir que maya y la neurociencia estén hablando exactamente de lo mismo. Pero sí me parece interesante poner ambas ideas una al lado de la otra. Porque, si traducimos maya simplemente como “ilusión”, podemos acabar pensando que todo lo que vemos es falso. Y quizá no haga falta llegar tan lejos. Podemos acercarnos a la idea desde una pregunta mucho más sencilla: ¿Y si lo que percibimos no fuera exactamente lo mismo que está ocurriendo? La misma clase, dos experiencias Estoy seguro de que te ha pasado. Al acabar una clase de yoga completamente conectado/a con la práctica. Te ha gustado la secuencia, la música, la persona que ha guiado la clase… Sales pensando: Qué buena clase. Y escuchas a alguien decir: —No vuelvo nunca más. Y casi te desmonta tu mundo. ¿Cómo puede ser? ¿Cómo puede haber vivido algo tan diferente de lo que yo acabo de vivir? La clase ha sido la misma. El profesor ha dicho las mismas cosas. La secuencia ha sido la misma. Pero la experiencia no ha sido la misma. Cada uno ha llegado a esa clase con una historia diferente, unas expectativas diferentes, unas preferencias diferentes y una manera diferente de interpretar lo que estaba ocurriendo. La neurociencia estudia precisamente cómo nuestras experiencias previas y expectativas pueden influir en la percepción. Y aquí aparece una pregunta que me interesa mucho más que encontrar una respuesta definitiva: ¿Hasta qué punto lo que llamamos realidad es la realidad que está ocurriendo y hasta qué punto es la interpretación que hacemos de ella? No vivimos únicamente lo que sucede. Vivimos también la interpretación que hacemos de lo que sucede. Para bien y para mal. La práctica como laboratorio Y aquí es donde el yoga vuelve a resultar interesante. Porque esto no ocurre solamente en una clase. Ocurre en una conversación con nuestra pareja. En una reunión de trabajo. En un comentario que alguien hace. En una decisión que interpretamos como un rechazo. En una situación que damos por evidente. La práctica puede convertirse en un laboratorio para observarlo. No para conseguir que todos veamos las cosas de la misma manera. Tampoco para convencernos de que nuestra percepción es falsa. Sino para introducir una pequeña pausa entre lo que ocurre y lo que creemos que ocurre. La próxima vez que algo te moleste, te sorprenda o te entusiasme, quizá puedas hacerte una pregunta: ¿Estoy viendo lo que está ocurriendo o estoy viendo mi manera de interpretarlo? No siempre encontraremos la respuesta. Pero quizá aprender a hacernos la pregunta ya cambie un poco nuestra manera de mirar.









